La campana para entrar a la última clase acababa de
sonar y Meg caminaba junto a Fi, hacia la clase de literatura.
– ¡Por fin! El último período – Fi levantaba los brazos en forma de
victoria.
– Lo malo, es que es literatura – La joven que a la vez hablaba con su
amiga, miraba para todos lados en busca de Drake, tenía esa sensación de que
algo malo pasaba, desde la clase pasada.
Cuando estaban a punto de llegar al aula, Meg sintió
como su dedo índice empezó a arderle, como si estuviera en el fuego mismo. El
dolor la detuvo y se dio cuenta, era el anillo que le había dado el Sr. Wyvern,
la tarde del domingo pasado, fue entonces cuando lo supo, algo le pasaba a
Drake, tenía que ayudarlo, pero no sabía cómo, no sabría donde poder
encontrarlo, pero cuando el dolor se volvió aún más fuerte, supo que hacer… El
director, él podría saberlo. Sin dudar ni un segundo, sin decir ni una palabra,
corrió lo más rápido que pudo, dejando a Fi sola en el pasillo, quien no
alcanzó a averiguar lo que le pasaba a su compañera antes de que ésta
desaparezca.
Meg no podía dejar de sentir el punzante dolor, cada
vez más fuerte, pero se volvió diferente ya no lo sentía como dolor propio, si
no como un dolor ajeno, de alguien más y supuso que ese alguien era Drake.
Mientras corría por los corredores, la joven esquivaba
arduamente a los otros estudiantes y evitaba a todos los supervisores que se
encontraban en los pasillos, pero antes de llegar al segundo piso, todos ya
estaban dentro de sus aulas y le fue más fácil recorrer los pasillos abandonados
hasta llegar hasta la oficina del director.
Una vez que llegó a la cúpula que todo lo veía,
irrumpió en la oficina del director, sin preocuparse por el estruendo que causó,
cuando vio al hombre, bajo y orejón se tranquilizó un poco, por lo que paró en seco
y tomo aire, corrió como nunca había corrido en cualquier clase de deporte,
estaba muy cansada.
– ¿Te duele demasiado? – La joven se sorprendió, pero no por las palabras
que dijo ni como lo sabía, lo que le sorprendió fue como lo dijo, su tono, parecía
que le hacía gracia, pero lo que le delató a Meg, que algo raro pasaba, fue la
sonrisa que el hombre esbozaba en el rostro, pero no tenía tiempo para
averiguarlo.
– Quería pedirle ayuda, pero parece que tienes algo que ver – Meg,
demostraba un semblante serio y frío, mientras en su interior ocultaba su
miedo.
– Claro que no, yo no juego para ningún bando, solo observo los
espectáculo que ustedes me dan – Se rió, cosa que le produjo escalofríos a la
chica – Haber, haber, dime, ¿Qué ganaría yo con decirte lo que quieres?
– Pues… más entretención – No sabía nada sobre el tipo que estaba
enfrente de ella, solo sabía que debía darse prisa.
– Por favor, si no me das algo, yo no te diré nada, así funcionan las
cosas – El hombre parecía saber que no había mucho tiempo.
– Te daré dinero – El director negó con la cabeza – Lo que tú quieras –
Sabía que era arriesgado, pero debía ser rápido.
– Con que… lo que yo quiera, pues, que tal si me dices algo que yo no sé – La joven afirmó con la cabeza y hombre volvió a sonreír maliciosamente
– Bien, creo que por fin mi intriga desaparecerá… dime Meganie, cómo murió tu
madre, y quiero la verdad.