Al pasar por la puerta de entrada principal del
establecimiento, Meganie se dio cuenta de que ha diferencia de todos los días
anteriores en la puerta se encontraba un guardia más de lo común, que la seguía
con la mirada, supuso que su tío lo había contratado, con este nuevo personaje
eran tres hombres los que resguardaban la entrada esa mañana.
La joven alzó la vista para contemplar su escuela, era
un establecimiento gigantesco, acomodado en toda la cuadra, de unos veinte
metros de altura, una construcción firme, de mármol blanco al igual que las
columnas que lo sostenían y lo que más le gustaba a Meganie, era observar la
gran cúpula de color grisáceo que tenía vista a toda la redonda del establecimiento,
que suponía ser la oficina del director, con unas gigantesca ventana que daban
a la entrada y con una gigantesca gárgola en lo más alto de ésta, también
habían gárgolas alrededor de todo el tejado, al menos unas ocho gárgolas, sin
contar la gigantesca escultura que se alzaba en la cúpula, que debía de medir
el doble que las otras. Al volverse a percatar en el ventanal que daba con la
entrada, se dio cuenta de que había alguien parado ahí, mirando, mirándola,
supo que era una idea estúpida, debía ser el director observando al centenar de
alumnos que entraban al mismo tiempo al establecimiento. Ella nunca tuvo
oportunidad de encontrarse con el director, pero sabía que no podría ser nadie
más, aunque sabiendo esto, se seguía sintiendo observada.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que por no prestar
atención en el camino, chocó con alguien, supuso que debía ser un hombre por la
ancha espalda contra la que su cabeza tuvo el placer de golpearse.
– Lo siento, estaba distraída – Se disculpó con su víctima
mirando hacia el suelo.
– Que excelente manera de saludarme – Al escuchar esa voz se dio cuenta de quién era, era Sam, uno de sus
únicos amigos que tenia en esa escuela, era un chico promedio de un metro
setenta, debía pesar setenta kilos, pelo castaño oscuro y ojos grises, llevaba
puesto el traje masculino, chaqueta de terno azul oscura con la insignia de la
escuela, camisa blanca, corbata del mismo color que el terno y unos pantalones
negros. Era un chico bastante risueño y le encantaban las bromas y molestar a
los demás, principalmente esas que traían con ellas caídas o humillación – ¿Hiciste la tarea? Espera no respondas, ya sé tu respuesta.
Meg nunca hacía sus deberes, solía copiárselos a
alguien a última hora. Ambos se encaminaron hasta su salón de clases, tenían
historia en la primera hora, la clase mas aburrida de todas, lo único que hacían
era escuchar a su profesora leer de corrido el contenido de un antiquísimo y
gigantesco libro. Los dos chicos se fueron hablando hasta el salón de clases,
pero tuvieron que detenerse en el portal de la puerta al oír una voz femenina
gritando el nombre de Meganie.
–
¡Meeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeg! ¡¿Intentas coquetear con mi
novio?! – Y antes de poder darse la vuelta entera, ya tenía a la joven encima de
ella – ¡Te extrañé! – La chica estaba abrazando a Meg, la cual intentaba de
una manera u otra escapar de sus brazos, empujándola o haciéndole cosquillas,
pero por fin logró su cometido cuando se escabulló por debajo.
–
Fi, odio que hagas eso – Su amiga era muy efusiva, y solía abrazarla aunque ella lo odiase, su
verdadero nombre era Filomena, pero ella lo odiaba, por eso pedía que la
llamasen Fi, era bajita, delgada, de pelo negro aunque solía teñirse con
frecuencia, por lo cual siempre la regañaban en la escuela. Ella y Sam llevaban
siendo novios desde tres años, ambos eran muy diferentes a Meganie, ellos
siempre se mostraban alegres y risueños, además eran amigables con todo el
mundo, a diferencia de Meg, que rara vez sonreía y era bastante hostil con las
demás personas. En lo académico, Fi era buena estudiante, se preocupaba de
hacer las tareas y estudiar para pruebas con antelación, Sam era un chico
promedio, sin importar que tanto lo intentase sus notas seguían siendo las
mismas.
–
¡Deberías haberme llamado! – Fi estaba frunciendo el ceño y poniendo una cara que según ella era de
enojo.
–
Estuve ocupada, culpa de mi tío, ya sabes – Cosa que según ella era la verdad, aunque omitía algunos detalles.
En ese
instante, la campana sonó sobre ellos llevándolos a taparse los oídos con ambas
manos. El sonido significaba que todos debían entrar ya a sus aulas de clase y
así lo hicieron los tres muchachos que entraron juntos a la aburrida clase de
historia, marcando así el primer período del día.
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