viernes, 4 de octubre de 2013

Capitulo 2

Meganie despertó, junto con la intensa luz del sol llenando la habitación del departamento, ya eran pasadas las nueve de la mañana, se levantó a duras penas y se arregló para salir a desayunar algo en el local más cercano. Como era sábado no tendría desayuno preparado así que prefería ir a buscar un lugar donde comer, en vez de cocinar algo ella misma.

Luego de ducharse y vestirse, ya estaba lista para salir, tomó algo de efectivo que tenía y su tarjeta dorada, al salir a la otra parte del departamento (cocina, living, vestíbulo) el hombre que había dejado congelado la noche anterior ya no estaba, sin prestarle mera importancia a ese detalle, tomó sus llaves y salió por la puerta de entrada.

Ya estaba en la calle, pero antes tuvo que bajar del veinteavo piso por las escaleras, ya que uno de los ascensores estaba malo y encontró preferible usar bajar caminando a esperar el otro ascensor, algo de lo cual se arrepintió antes de llegar al séptimo piso.

Caminó dos o tres cuadras antes de entrar a un local normal, no le gustaban los locales para ricos, se demoraban mucho en traer la comida y odiaba que la gente se viese tan patética intentando adularla o caerle bien y menos cuando lo único que quería era estar sola.

Una vez al entrar en el local, se sentó en una mesa apegada a la pared y lejos de la ventana, por precaución de ser reconocida. Cuando llegó a Paris con su tío apareció en muchos diarios y revistas, “Empresario multimillonario adopta a su sobrina huérfana”, no entendía como la gente puede leer cosas como esas, ni por qué no se metían cada cuál en su vida y la dejan tranquila.

Un mesero se acercó a la mesa, y groseramente le entregó el menú, si es que ese par de hojas amarillentas, pegadas de tanto uso podían considerarse un menú.

Un té frío y unos waffles Solía desayunar eso los sábados, ya que eran las únicas comidas que le recordaban sus desayunos en Estados Unidos.

Estuvo esperando menos de cinco minutos, cuando volvió a llegar el mesero, pero ésta vez con su té. La joven ya estaba bebiendo su té, cuando dos hombres que debían de sobrepasar los treinta se sentaron en su mesa, uno enseguida la rodeó con su brazo, el cual era horriblemente pesado.

Hola jovencita, sabemos que es algo temprano, pero podrías venir con nosotros Un terrible olor a alcohol salió disparado de su boca. Estaban ebrios.

Váyanse, quiero desayunar tranquila Meganie miró al camarero que en ese momento venía con sus waffles, pero al darse cuenta de la situación volvió a entrar a la cocina.

Cho cho pequeña, no tienes por qué hacerte de rogar El silencio se adueñó del lugar, todos sabían lo que sucedía, pero nadie ayudaba, hacían como si no pasara nada y miraban fijamente sus platos.

Váyanse, ahora, se los advierto Su voz y mirada se volvieron oscuras.

Contaré hasta tres, si no vienes por las buenas, serán por las malas Dijo el primero, tomando el cuello de Meganie con su brazo.
<< Uno >>, el hielo de la taza de té empezaba a moverse.
<< Dos >>, la taza empezaba a tintinear.
<< Tres >>, se oía un leve tintineo proveniente de todas las tazas y vasos del local.

Creo que serán por las malas Mencionó uno de los hombres ebrios, mientras dejaba a la vista una sonrisa pervertida.

Tienes razón, no olvidéis que se los he advertido en ese instante el líquido de las tazas empezaba a elevarse…

En ese momento, el hombre que tenía el brazo sobre el hombro de Meganie salió disparado por los aires, el líquido de las tazas dejó de moverse y volvió a su lugar. Ella miraba sorprendida, entonces vio quien había sido, un joven de cabello negro, que había tomando al primer ebrio de su chaqueta y lo arrastró hasta la puerta, sacándolo del lugar.

Si vuelven a entrar, los mato En ese instante el ebrio que estaba sentado enfrente de Meganie, se paró y salió corriendo del lugar.

El joven, volvió a sentarse, dio una mirada asesina a un mesero que se encontraba mirando por la ventanilla de la cocina y salió disparado a atender al chico.

Meganie depositó en la mesa algo de dinero, se paró y se encaminó hacia la puerta de salida. Cuando estaba apunto de llegar a la puerta escuchó que el joven le hablaba.

¿Acaso no te han enseñado a decir gracias? Hay algo llamado educación – Dijo, mientras su mirada se concentraba en el menú.

No tengo porque agradecerte. No te he pedido ayuda – Sin siquiera prestarle la mera atención.

Yo no te he ayudado a ti estúpida, solo quería que alguien me atendiera.


Se volteó a verlo, y pudo darse cuenta que él igual la estaba mirando, aunque con una mirada burlona. Vio sus ojos marrón claro, casi anaranjados y se enrojeció. Rápidamente salió por la puerta y se puso en marcha hacia su departamento.

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