Meganie despertó, junto con la intensa luz del sol
llenando la habitación del departamento, ya eran pasadas las nueve de la
mañana, se levantó a duras penas y se arregló para salir a desayunar algo en el
local más cercano. Como era sábado no tendría desayuno preparado así que
prefería ir a buscar un lugar donde comer, en vez de cocinar algo ella misma.
Luego de ducharse y vestirse, ya estaba lista para salir,
tomó algo de efectivo que tenía y su tarjeta dorada, al salir a la otra parte
del departamento (cocina, living, vestíbulo) el hombre que había dejado
congelado la noche anterior ya no estaba, sin prestarle mera importancia a ese
detalle, tomó sus llaves y salió por la puerta de entrada.
Ya estaba en la calle, pero antes tuvo que bajar del
veinteavo piso por las escaleras, ya que uno de los ascensores estaba malo y
encontró preferible usar bajar caminando a esperar el otro ascensor, algo de lo
cual se arrepintió antes de llegar al séptimo piso.
Caminó dos o tres cuadras antes de entrar a un local
normal, no le gustaban los locales para ricos, se demoraban mucho en traer la
comida y odiaba que la gente se viese tan patética intentando adularla o caerle
bien y menos cuando lo único que quería era estar sola.
Una vez al entrar en el local, se sentó en una mesa
apegada a la pared y lejos de la ventana, por precaución de ser reconocida.
Cuando llegó a Paris con su tío apareció en muchos diarios y revistas,
“Empresario multimillonario adopta a su sobrina huérfana”, no entendía como la
gente puede leer cosas como esas, ni por qué no se metían cada cuál en su vida
y la dejan tranquila.
Un mesero se acercó a la mesa, y groseramente le
entregó el menú, si es que ese par de hojas amarillentas, pegadas de tanto uso
podían considerarse un menú.
–
Un té frío y unos waffles – Solía desayunar eso los sábados, ya que eran las únicas comidas que le
recordaban sus desayunos en Estados Unidos.
Estuvo esperando menos de cinco minutos, cuando volvió
a llegar el mesero, pero ésta vez con su té. La joven ya estaba bebiendo su té,
cuando dos hombres que debían de sobrepasar los treinta se sentaron en su mesa,
uno enseguida la rodeó con su brazo, el cual era horriblemente pesado.
–
Hola jovencita, sabemos que es algo temprano, pero
podrías venir con nosotros – Un terrible olor a
alcohol salió disparado de su boca. Estaban ebrios.
–
Váyanse, quiero desayunar tranquila – Meganie miró al camarero que en ese momento venía con sus waffles, pero
al darse cuenta de la situación volvió a entrar a la cocina.
–
Cho cho pequeña, no tienes por qué hacerte de rogar – El silencio se adueñó del lugar, todos sabían lo que sucedía, pero nadie
ayudaba, hacían como si no pasara nada y miraban fijamente sus platos.
–
Váyanse, ahora, se los advierto – Su voz y mirada se volvieron oscuras.
–
Contaré hasta tres, si no vienes por las buenas, serán
por las malas –
Dijo el primero, tomando el cuello de Meganie con su
brazo.
<< Uno >>, el hielo de la taza de té
empezaba a moverse.
<< Dos >>, la taza empezaba a tintinear.
<< Tres >>, se oía un leve tintineo
proveniente de todas las tazas y vasos del local.
–
Creo que serán por las malas – Mencionó uno de los hombres ebrios, mientras dejaba a la vista una
sonrisa pervertida.
–
Tienes razón, no olvidéis que se los he advertido – en ese instante el líquido de las tazas empezaba a elevarse…
En ese momento, el hombre que tenía el brazo sobre el
hombro de Meganie salió disparado por los aires, el líquido de las tazas dejó
de moverse y volvió a su lugar. Ella miraba sorprendida, entonces vio quien
había sido, un joven de cabello negro, que había tomando al primer ebrio de su
chaqueta y lo arrastró hasta la puerta, sacándolo del lugar.
–
Si vuelven a entrar, los mato – En ese instante el ebrio que estaba sentado enfrente de Meganie, se paró
y salió corriendo del lugar.
El joven, volvió a sentarse, dio una mirada asesina a
un mesero que se encontraba mirando por la ventanilla de la cocina y salió
disparado a atender al chico.
Meganie depositó en la mesa algo de dinero, se paró y
se encaminó hacia la puerta de salida. Cuando estaba apunto de llegar a la
puerta escuchó que el joven le hablaba.
–
¿Acaso no te han enseñado a decir gracias? Hay algo
llamado educación – Dijo, mientras su mirada se concentraba en el menú.
–
No tengo porque agradecerte. No te he pedido ayuda –
Sin siquiera prestarle la mera atención.
–
Yo no te he ayudado a ti estúpida, solo quería que
alguien me atendiera.
Se volteó a verlo, y pudo darse cuenta que él igual la
estaba mirando, aunque con una mirada burlona. Vio sus ojos marrón claro, casi
anaranjados y se enrojeció. Rápidamente salió por la puerta y se puso en marcha
hacia su departamento.
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